El pasado 19 de Junio de 2014, los españoles veíamos en nuestras casas a través de la televisión, como fue proclamado como rey de España Felipe VI. Seguramente otras coronaciones reales habrán tenido más boato que esta, pero pudimos ver al rey, en medio de las Cortes de España junto a todas las autoridades del Estado, con su uniforme de etiqueta del Ejército de Tierra, faja de Capitán  General y sus condecoraciones, el Toisón de oro, la Gran cruz del collar de la Orden de Carlos III, cruces del merito militar, naval y aeronáutico. Seguramente tardaríamos un rato largo para poder describir todo ese ropaje del rey y sus significados.  Al término del acto en el Congreso de los Diputados, en el exterior militares y guardias civiles desfilaron por delante del recién proclamado rey de España. Y para que el pueblo lo viera se paseó por las principales calles de Madrid. Calles que estaban engalanadas para la ocasión. El rey montado en un Rolls Royce descapotable, permaneciendo de pie durante el trayecto, mientras el público asistente lanzaba proclamas diciendo “Viva el rey”.

Para algunos, el acto les pareció excesivo, mientras que para otros fue demasiado austero. Para todo siempre hay diferentes opiniones. Como este acto con más o menos pompa, han sucedido otros a lo largo de los siglos de esta humanidad. Sea para reyes, o para otros dirigentes, tanto elegidos democráticamente, como en duras dictaduras. Pero en el fondo todos tienen algo en común. Son reyes de un territorio en concreto, y su reinado está limitado por el tiempo. Y cuando digo por el tiempo, no es porque este limitado su mandato, sino porque su vida aquí en la tierra está limitada por la muerte, como para el resto de la humanidad.

Cuan distinta fue la visita a nuestra tierra del Hijo del Rey de la gloria (Salmo 24:10), Jesucristo. Estamos en tiempo en que el mundo cristiano celebra lo que se denomina la Semana Santa, recordando la última semana del Hijo de Dios en el mundo. Jesús, llegaba a Jerusalén, de una forma muy distinta a como lo hizo el rey Felipe VI. Fue recibido como un rey, pero no se paseo en un Rolls Royce, sino que tal como nos dicen los evangelistas y ya había profetizado Zacarías, Jesús viene montado sobre un pollino: “Alégrate mucho hija de Sión; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna” (Zacarías 9:9). “Y la multitud, que era muy numerosa, tendía sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas de los arboles, y las tendían en el camino.” (Mateo 21:8). Los habitantes de Jerusalén estaban entusiasmados con Jesús, por los milagros que había hecho, por su mensaje de salvación y de perdón para los pecadores. Aquellos habitantes creyeron, acertadamente, que Jesús era el Mesías esperado: “Y la gente que iba delante y la que iba detrás aclamaba, diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” (Mateo 21:9). El mesías prometido que está sentado en el trono de David, había llegado.

Pero cuan diferente fueron los acontecimientos al cabo de una semana. Esta gente que tan jubilosa recibían al Mesías, ahora gritaban delante de la presencia de la autoridad  “¡Crucifícale!” (Marcos 15:13-14). “Y Pilatos, queriendo satisfacer al pueblo, les soltó a Barrabas, y entrego a Jesús, después de azotarle, para que fuese crucificado. Entonces los soldados lo llevaron dentro del atrio, esto es, al pretorio, y convocaron a toda la compañía. Y le vistieron de purpura, y poniéndole una corona tejida de espinas, comenzaron luego a saludarle: ¡Salve, Rey de los judíos!.” (Marcos 15:15-18). Ese traje purpura diferente a ese otro traje del Ejército de Tierra, una corona de espinas clavándose en su cabeza, la mofa de los soldados, voces del pueblo gritando ¡crucifícale!. Esto no concuerda con ese desfile real del rey Felipe VI. Parece incomprensible que el Hijo de Dios, que había venido a salvar a la humanidad de su pecado, de lo cual el hombre debería de estar agradecido, pudiese ser humillado de esa manera. Ya todo había sido predicho por el profeta Isaías en el capítulo 53, acerca del sufrimiento del Hijo de Dios, de cómo padecería, de cómo no se quejaría… todo según los planes de Dios para la salvación de la humanidad. Jesús, nuestro sustituto, el gran amor de Dios demostrado en la cruz del Calvario, “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aun pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

Y Dios nos sigue recordando su gran amor a nosotros, al igual que lo tuvo que hacer con sus discípulos, que no entendieron el porqué de su muerte. Tres días después de su muerte, cuando Jesús ya había resucitado y se había aparecido a varios de sus discípulos, en el camino de la aldea de Emaus, dos discípulos no entendían lo que había ocurrido. Jesús se les aparece y les tiene que decir “¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas y entrara en su gloria?” (Lucas 24:26). La muerte de Jesús era necesaria para que podamos ser salvos. Jesús nos sustituye en la cruz, llevando nuestros pecados, nuestra maldad, nuestras transgresiones. Todo por amor, un amor inmerecido. Esta semana nos recuerda con mayor intensidad su amor, al recordar sus últimos días terrenales antes de subir a los cielos, de donde esperamos su segunda venida.

La gloria terrenal, que al ojo le puede impresionar: trajes, coronas, coches; no son comparables con la gloria celestial que le esperan a aquellos que son hijos de Dios a través de la muerte y resurrección de Jesús. La gloria terrenal es temporal, el rey muere, los trajes se envejecen, se estropean con el uso. Pero la gloria celestial es distinta: “¡Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo! Por su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo, para que tengamos una esperanza viva, y recibamos una herencia indestructible, incontaminada e inmarchitable. Tal herencia está reservada en el cielo para vosotros” (1ª Pedro 1:3-4) ¿Qué gloria prefieres…?

Pedro Pablo Simarro Ruiz

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