
“No hay hoyo tan profundo que el amor del Señor no pueda alcanzar” Betsie ten Boom
Sabía bien lo que decía, pronunció estas palabras en un barracón del campo de concentración de Ravensbrück, en Alemania, durante la Segunda Guerra Mundial. La noche y un catre estrecho le daba la oportunidad de susurrar sus reflexiones a su hermana menor, Corrie. Ambas sufrieron las consecuencias de la degradación humana, palparon el dolor, la amargura y la destrucción de muchas vidas.
El 28 de febrero de 1944 un individuo llamó a la puerta de la casa familiar, imploraba ayuda porque su familia había sido apresada por ocultar a judíos… pero era un espía. Así fue como esta hospitalaria familia holandesa, cuyo objetivo era ser luz en medio de unas profundas tinieblas, cayó en manos de la Gestapo.
Después de siete meses privadas de libertad en Holanda, empujadas por guardias armados, subieron a un tren con destino a Ravensbrück. Habían perdido su libertad, habían sido apartadas de su familia, pero es en este lugar donde encontraron la versión más despreciable e indigna del ser humano.
Betsie dejó su vida allí. Su cuerpo se consumió hasta que solo quedó piel sobre sus frágiles huesos. Corrie lo supo cuando encontró su cuerpo sin vida apilado entre un montón de cadáveres.
Pero ninguna de estas circunstancias hizo sombra sobre el corazón de Betsie. Unos días antes de morir, con la respiración entrecortada, susurró a su hermana “Debemos dar a los alemanes lo que ahora tratan de arrebatarnos: nuestro amor por Jesús. Hay mucha amargura. Tenemos que decirles que el Espíritu Santo llenará sus corazones con el amor de Dios”.
¿Cómo es posible morir en aquel lugar, en aquellas circunstancias, con este bondadoso pensamiento?
“Porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados.” 1ª Pedro 2:21-24
Cristo sufrió injustamente, no hizo ningún mal, no engañó, no fue culpable de ningún cargo, no cometió ningún pecado, fue acusado falsamente… pero Jesús oró y entregó su vida por ellos.
“Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” Lucas 23:24
“Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró.” Lucas 23:46
Sólo Cristo y su ejemplo puede transformar nuestras actitudes. En aquel lugar horrible, donde la vida se había convertido en un horrendo castigo, el amor del Señor se manifestaba cada día en un pequeño rincón del barracón 28, el barracón de la esperanza. Allí, Betsie y Corrie compartían su fe y su esperanza, la esperanza de la salvación de sus almas. Una salvación que Cristo ofrece a toda la humanidad, a cada una de las personas que estaban en aquel campo de refugiados y a cada uno de los lectores de este artículo.
Este mensaje cambió la vida de muchas mujeres en Ravensbrück, pues ya no tuvieron que enfrentar la muerte en soledad, sino de la mano del Buen Pastor.
En medio de la situación en la que te encuentres, puedes mirar a Cristo. No hay hoyo tan profundo que el amor del Señor no pueda alcanzar. ¡Recuérdalo!
Marta López Peralta