LA AVENTURA CASTELLONENSE
(…) Nuestro trabajo en Alcocéber, el pequeño pueblo en el que nos alojábamos, se vio facilitado por el pésimo ejemplo del cura y por su carácter codicioso. Aquí va un ejemplo: cada seis meses se celebra la fiesta en honor al patrón de los animales, san Antón, en la cual el párroco les da a estos la bendición para protegerlos de las desgracias y accidentes hasta la próxima celebración. Esto tiene un coste de cuatro pesetas, por lo que algunos de los dueños comparten los gastos para poder llevar a sus animales. Sin embargo, este año no pudieron recaudar dicha cantidad y pidieron que se les hiciese una pequeña rebaja, a lo que el cura se negó diciendo: «Dejad que los animales se mueran si no queréis pagarme». Finalmente, la discusión acabó dejando al pobre san Antón sin su celebración y a los animales sin bendición. No obstante, los lugareños acabaron apreciando que la mortandad de las bestias no era mayor que la de otros años, a pesar de las pobres condiciones en las que se encontraban algunas, así que parece que se están planteando ahorrarse las cuatro pesetas para las próximas ocasiones.
Otro incidente que también les ayudó a abrir los ojos fue el fallecimiento de un ateo que se negó a recibir los últimos sacramentos por parte del párroco. A causa de ello, fue enterrado en un cementerio no consagrado como si hubiese muerto en pecado mortal. Según la doctrina de la Iglesia católica, no había perdón posible para ese hombre, pero «el dinero lo arregla todo» y la viuda, que era una «verdadera hija de la Iglesia», tras pagar entre £60 y £70 consiguió que su difunto marido fuera absuelto de todos sus pecados. Lamentablemente, otros muchos murieron en las mismas circunstancias; sus pecados no fueron perdonados, ya que eran pobres y, ya se sabe… ¡Cristo solo salva a aquellos que se pueden permitir el lujo de pagar por ello! Me cuesta expresar con palabras esta terrible blasfemia, pero ya va siendo hora de que nos demos cuenta de lo que esta gente es capaz de hacer en la práctica; entonces, tal vez se nos quiten las ganas de decir que no hay necesidad de llevar el evangelio a los países que están bajo el yugo de Roma.
Sin embargo, no todos en el pueblo le han retirado el apoyo al párroco y este nos ha denigrado de tal manera que escuché de una niñita que pasaba las noches en vela y al lado de su madre… ¡porque le habían dicho que un pastor protestante vendría a hacerle una visita! La madre se lo contó a una familia con la que ya habíamos tenido varias charlas previamente, así que estos consiguieron hacerla entrar en razón. Otra mujer que estaba en una tienda se interesó tanto que compró una Biblia de letra grande, y lo último que supe es que toda la gente del barrio que sabía leer quería tomarla prestada.

Antes de que Daniel —nuestro primer evangelista, que estuvo con nosotros solo cuatro meses— nos dejara, hizo una visita a Bechí, el pueblo del que hablaba en mi última carta. Se encontró con algo de resistencia por parte de un grupo de mujeres. Una de ellas le ofreció dinero para que se largarse y, cuando Daniel lo rechazó, dijo que haría lo que hiciese falta para expulsarnos de allí. ¡Incluso amenazó con dispararnos con un revolver! Desde luego, se la conoce como a una de las señoritas más «piadosas» del lugar.
