HECHA LA LEY, HECHA LA TRAMPA
(…) Pasé gran parte del mes de julio en la provincia de Guipúzcoa donde, a pesar de que encontré mucha oposición, no sufrí ningún tipo de violencia; no obstante, la situación seguía siendo amenazante. Fui arrestado varias veces, pero siendo ciudadano británico, no se atrevieron a encarcelarme. Al desafiar abiertamente a las autoridades y provocarles para que recurrieran a la fuerza, cosa que no se atrevieron a hacer sabiendo que estarían actuando ilegalmente, conseguí una prohibición escrita para vender Biblias por parte del alcalde de uno de los municipios. Varios colportores habían tratado de obtenerlo previamente, pero nunca lo lograron, por lo que sus quejas ante el gobernador provincial jamás fueron atendidas. Finalmente, hicimos un viaje a la capital y le presentamos dicha prohibición a las autoridades. De inmediato afirmó que era totalmente ilegal y envió un mensaje al alcalde indicándole que había sobrepasado sus competencias y que no tenía autoridad para prohibir la venta de la Biblia o de pasajes de las Sagradas Escrituras; así pues, los colportores tendrían la posibilidad, a partir de ese momento, de venderlas hasta en aquellos lugares donde nunca antes se pudo.
En represalia, los sacerdotes del pueblo incitaron a la turba en nuestra contra, y un numeroso grupo de hombres y jóvenes nos rodeó agitando palos y amenazándonos con hacernos pedazos mientras el cura que los encabezaba se encontraba fuera de sí, rabiando e insultándonos de todas las formas posibles. Se jaleaban entre ellos para ver quién lanzaba el primer golpe, pero ninguno se atrevió finalmente, hasta que la Guardia Civil hizo acto de presencia para escoltarnos y llevarnos a un lugar seguro. El resultado más inmediato de aquel alboroto fue la compra de 20 ejemplares del Nuevo Testamento por parte de algunos curiosos lugareños que deseaban conocer qué era lo que aquellos libros contenían.

PERSEGUIDOS, MÁS NO DESAMPARADOS
Otro día fuimos junto a otros miembros del coro a una ciudad que se encontraba a 12 km de distancia para organizar un culto. Los cánticos atrajeron a una gran multitud y la calle se abarrotó de gente, lo cual nos brindó la posibilidad de distribuir algunos de nuestros folletos y también de charlar con algunos de los asistentes. Intentamos hacer lo mismo en otra localidad situada a unos 15 km, pero cuando los sacerdotes se enteraron, incitaron a las mujeres a oponerse. Estas comenzaron a gritar y chillar, agitando los brazos frenéticamente y amenazándonos con arrancarnos el pelo y sacarnos los ojos. Sus manos se blandían furiosamente a pocos centímetros de nuestras narices y supimos que estábamos en serios problemas, ya que la mujer española, cuando se enfada, es capaz de cualquier cosa, y… ¡había unas 300 o 400!
La policía acudió al lugar y nos acompañó a una sala en la planta superior del ayuntamiento, pero estas irrumpieron por la fuerza e intentaron subir las escaleras; sin embargo, los agentes lograron contenerlas y, tras esperar un rato, pudimos volver a nuestra sede por un recorrido alternativo. Afortunadamente, nuestras mujeres no se encontraban con nosotros, ya que habían regresado a la casa de un amigo para prepararnos el almuerzo, pero estaban tremendamente asustadas. Finalmente, se aliviaron nada más vernos sanos y salvos. Salimos al atardecer escoltados por la policía y, algo más tarde, recibimos una sorprendente invitación para que volviésemos a visitarlas, acompañada de una disculpa por su conducta. Se habían dejado llevar por la instigación del sacerdote sugiriendo que éramos unos perversos blasfemos, pero viendo nuestro comportamiento y después de haber leído algunos de los folletos que habíamos repartido antes de que se produjesen los altercados, se convencieron de que habían sido engañadas.
Uno de los nuestros, que se había convertido al Señor durante la misión, tuvo ocasión de pasar por la ciudad unos días más tarde y se vio rodeado de gente ansiosa por conseguir un folleto, sin que se le mostrara la más mínima hostilidad. En la propia localidad de Pradejón, la gente se quejaba de que nosotros, los evangélicos, descuidábamos al santo patrón del pueblo y a la Virgen, y solo sabíamos hablar y cantar acerca de Jesús.
