NOCHE EN LA TABERNA
(…) En cierta ocasión, debido a las condiciones climáticas, me vi obligado a hacer noche en un pueblo que se encontraba a 1.200 m por encima del nivel del mar. Solo había una taberna —un auténtico antro—, así que no pasé una noche demasiado apacible; no obstante, al atardecer había recibido la visita de unos carreteros y uno de ellos me había expresado su deseo de reencontrarse conmigo más adelante. Había visto uno de los Nuevos Testamentos que dejé en una de mis visitas a otro pueblo y quiso hacerse con una copia, pero, como ya me había marchado en mi bicicleta, perdió la esperanza de volver a verme de nuevo. Allí mismo, en una sucia cocina llena de aves de corral y de todo tipo de animales, extraños y ojos irritados por el humo que despedía una hoguera encendida en el centro de la sala, conté la historia más antigua de todas y fui escuchado con gran atención. Cuando me hube retirado, pude escuchar al carretero leyéndole el Evangelio a otros camaradas durante casi una hora.

PLANES FRUSTRADOS
Pero Roma de ninguna manera ha cambiado y aún se atisban en el país elementos de feroz intolerancia, tal y como se puede observar en la siguiente traducción de El Liberal, un periódico secular de tirada diaria. El texto trata sobre una trama urdida para boicotear un gran culto evangélico que se iba a desarrollar en Barcelona en el pasado mes de mayo dirigido por el Dr. Clark. Afortunadamente, sus planes se acabaron filtrando y, gracias a la colaboración de alrededor de 700 policías, a caballo y a pie, el peligro fue advertido. Aquí os presento un breve extracto:
«El objetivo principal era el de infligir un castigo ejemplar que sirviese de escarmiento tanto a las autoridades como a los protestantes; algo que ninguna de las dos partes pudiese olvidar en mucho tiempo. La sangre debía correr sin compasión cuando, a la señal, los matones del clero entrasen armados hasta los dientes con la orden de no hacer distinción ni siquiera entre las mujeres y los niños que se encontrasen entre la audiencia. El ataque debía producirse en el interior del Palacio de Bellas Artes —alquilado por el gobierno y con un aforo de alrededor de 5000 personas—. Al grito de “Larga vida a la religión católica”, los agresores debían disparar una primera ráfaga desde la galería hacia la gente que se encontraba desarmada en la parte inferior del recinto. Aprovechando el caos generalizado, cada uno dispararía su arma a objetivos individuales y, revolver en mano, irían desplazándose hacia la salida. En la calle, cerca de 100 miembros estarían esperando pacientemente para disparar a quemarropa a todos aquellos que intentasen escapar del edificio. Sería como una auténtica cacería humana».
