UN ALTO EN EL CAMINO
(…) La mañana siguiente nos pusimos rumbo a Cirat. Esta vez, la montaña era peligrosa hasta para las propias mulas, así que tuvimos que ir a pie, trepando y gateando por las rocas como pudimos. Don Ángel —el excolportor— y su mujer nos dieron una calurosa bienvenida al llegar. Esa misma tarde tuvimos un buen culto y la gente se quedó visiblemente impresionada. Por la noche, no pudimos encontrar un lugar para dormir en el pueblo, así que tuvimos que descansar en una cocina junto con otros huéspedes. Estaba situada encima del establo, la pocilga y la sala de lavado; el suelo estaba repleto de agujeros por los que se colaba el olor y, además, tuvimos más visitas de las que éramos capaces de atender, así que nos alegramos mucho cuando los primeros rayos del alba nos dieron una excusa para levantarnos. Después de un rápido desayuno de pan y leche, deshicimos nuestro camino a través de las montañas hasta llegar a Montanejos, donde pasamos la noche. Allí pudimos tener otra reunión a la que acudió mucha gente interesada en lo que predicábamos.

