RESISTIENDO LAS AMENAZAS
(…) En cuanto al trabajo itinerante, no he podido hacer tanto como esperaba, sobre todo por problemas de salud. En total, he recorrido más de 5500 km y visitado alrededor de 30 ciudades y pueblos. Solo en dos ocasiones me he enfrentado a una oposición severa. En cierto lugar, un sacerdote me amenazó con todo tipo de males si seguía adelante con mi labor, a lo que le respondí que el trabajo era del Señor y que Él cuidaría de mí. Continué con mi propósito y aquello no fue a más. En otra ciudad cercana, dos de nuestros colportores fueron amenazados por el alcalde y obligados a detener la misión, así que unos días más tarde me presenté allí junto a ellos y nos volvimos a poner manos a la obra. Fuimos arrestados inmediatamente y llevados ante el alcalde, el cual nos prohibió terminantemente seguir vendiendo esa «vil y perniciosa literatura».

Respondimos que, a no ser que nos diese una prohibición por escrito de acuerdo con la ley, continuaríamos vendiendo nuestros libros. A continuación, dijo que nos denunciaría por agitadores, a lo que nosotros le respondimos que no habíamos provocado ningún tipo de alboroto. Aseguró entonces que él mismo se encargaría de armar un escándalo para echarnos y que si volvíamos a vender una sola copia más, nos encarcelaría. Cuando terminó de proferir sus amenazas, nos dimos media vuelta y comenzamos a vender nuestros libros como si nada. No tuvo el valor de cumplir con su palabra en aquel momento y nos dejaron en libertad al caer la noche; pero a la mañana siguiente, mientras vendíamos en la plaza del mercado, volvió a la carga junto a varios policías para decirle a todo el mundo que no nos compraran nada y para incitarles en nuestra contra. Al final tuvieron éxito y una turba de hombres, mujeres y niños, encabezados por el propio alcalde, comenzaron a perseguirnos, vociferando y gritando proclamas como «¡Muerte a los protestantes!» o «¡Apedread a esos perros para echarlos de aquí!», «¡Dadles una paliza!» y cumplidos similares. Nos retiramos poco a poco a nuestra posada, fingiendo charlar entre nosotros, aunque el ruido era tan ensordecedor que no podíamos siquiera oírnos.
Una vez llegamos al refugio de la posada, nos dimos la vuelta y le hicimos frente a la multitud. Viendo nuestra actitud, recularon un poco y el ruido comenzó a menguar. Aproveché un momento de calma para dirigirles unas palabras y luego mi compañero, que es valenciano, les habló en su idioma local, el cuál entendían mucho mejor que el castellano. Cuando le oyeron hablar en su propia lengua, se fueron tranquilizando y fue entonces cuando pudimos predicarles el verdadero evangelio.
